jueves, 5 de enero de 2006

capitulo nº 1 rayuela

Este capítulo es más denso, vamos a conocer la relacion de Oliveira y la Maga entre un sinnumero de divagaciones de Oliveira. Me di la absoluta lata de colocar hipervínculos en todos los nombres de personajes del arte que de alguna manera interesan e influencian a Cortázar... la verdad son bastantes. No sé francés ni conozco francia así es ke las fracesitas y nombres de calles las buscan uds. Seguro que si no han leido antes a un Cortázar caviloso, se aburrirán un poco al principio, pero todas esas inconstancias y salidas del camino del narradador no son otra cosa que la realidad de Oliveira, como muchas de sus obras aquí el narador es parte de la historia y la relata de acuerdo a su interioridad... ¿nunca les ha pasado que ya un poco bebidos y hablando de alguien se ponen a contar con lujo de detalles situaciones ínfimas pero de gran significación que han vivido con esa persona? Así mismo se siente Oliveira en esta entrada a la rayuela. les sugiero llegar al final, hay un relato que me hace reir a carcajadas cada vez que la leo. Capítulo 1 ¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico. Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizá estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sebastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferíamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine-club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas, Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pinto o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayó un chaparrón y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas, y nos reíamos como locos mientras nos empapábamos, pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque, no podía entrar en el ciclo innoble del tacho de basura o del cordón de la vereda; entonces yo lo arrollé lo mejor posible, lo llevamos hasta lo alto del parque, cerca del puentecito sobre el ferrocarril, y desde allá lo tiré con todas mis fuerzas al fondo de la barranca de césped mojado mientras vos proferías un grito donde vagamente creí reconocer una imprecación de walkiria. Y en el fondo del barranco se hundió como un barco que sucumbe al agua verde, al agua verde y procelosa, a la mer qui est plus félonesse en été qu'en hiver[i], a la ola pérfida, Maga, según enumeraciones que detallamos largo rato, enamorados de Joinville y del parque, abrazados y semejantes a árboles mojados o a actores de cine de alguna pésima película húngara. Y quedó entre el pasto, mínimo y negro, como un insecto pisoteado. Y no se movió, ninguno de sus resortes se estiraba como antes. Terminado. Se acabó. Oh Maga, y no estábamos contentos. ¿Qué venía yo a hacer al Pont des Arts? Me parece que ese jueves de diciembre tenía pensado cruzar a la villa derecha y beber vino en el cafecito de la rue des Lombards donde madame Leonie me mira la palma de la mano y me anuncia viajes y sorpresas. Nunca te llevé a que madame Leonie te mirara la palma de la mano, a lo mejor tuve miedo de que leyera en tu mano alguna verdad sobre mí, porque fuiste siempre un espejo terrible, una espantosa máquina de repeticiones, y lo que llamamos amarnos fue quizá que yo estaba de pie delante de vos, con una flor amarilla en la mano, y vos sostenías dos velas verdes y el tiempo soplaba contra nuestras caras una lenta lluvia de renuncias y despedidas y tickets de metro. De manera que nunca te llevé a que madame Leonie, Maga; y sí, porque me lo dijiste, que a vos no te gustaba que yo te viese entrar en la pequeña librería de la rue de Verneuil, donde un anciano agobiado hacía miles de fichas y sabe todo lo que puede saberse sobre historiografía. Ibas allá a jugar con un gato, y el viejo te dejaba entrar y no te hacía preguntas, contento de que a veces le alcanzaras algún libro de los estantes más altos. Y te calentabas en su estufa de gran caño negro y no te gustaba que yo supiera que ibas a ponerte al lado de esa estufa. Pero todo esto había que decirlo en su momento, solo que era difícil precisar el momento de una cosa, y aun ahora, acodado en el puente, viendo pasar una pinaza color borravino[ii], hermosísima como una gran cucaracha reluciente de limpieza, con una mujer de delantal blanco que colgaba ropa en un alambre de la proa, mirando sus ventanillas pintadas de verde con cortinas Hansel y Gretel, aun ahora, Maga, me preguntaba si este rodeo tenía sentido, ya que para llegar a la rue des Lombards me hubiera convenido más cruzar el Pont Saint-Michel y el Pont au Change. Pero si hubieras estado ahí esa noche, como tantas otras veces, yo habría sabido que el rodeo tenía un sentido, y ahora en cambio envilecía mi fracaso llamándolo rodeo. Era cuestión, después de subirme el cuello de la canadiense, de seguir por los muelles hasta entrar en esa zona de grandes tiendas que se acaba en el Chatelet, pasar bajo la sombra violeta de la Tour Saint-Jacques y subir por mi calle pensando en que no te había encontrado y en madame Leonie. Sé que un día llegué a París, sé que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo lo que otros hacen y viendo lo que otros ven. Sé que salías de un café de la rue du Cherche-Midi y que nos hablamos. Esa tarde todo anduvo mal, porque mis costumbres argentinas me prohibían cruzar continuamente de una vereda a otra para mirar las cosas más insignificantes en las vitrinas apenas iluminadas de unas calles que ya no recuerdo. Entonces te seguía de mala gana, encontrándote petulante y malcriada, hasta que te cansaste de no estar cansada y nos metíamos en un café del Boul Mich y de golpe, entre dos medialunas, me contaste un gran pedazo de tu vida. Cómo podía yo sospechar que aquello que parecía tan mentira era verdadero, un Figari[iii] con violetas de anochecer, con caras lívidas, con hambre y golpes en los rincones. Más tarde te creí, más tarde hubo razones, hubo madame Leonie que mirándome la mano que había dormido con tus senos me repitió casi tus mismas palabras. "Ella sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche, su puente el Pont des Arts." (Una pinaza color borravino, Maga, y por qué no nos habremos ido en ella cuando todavía era tiempo.) Y mirá que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente. Como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos, y entonces primero cosas como estrellas amarillas (moviéndose en una jalea de terciopelo), luego saltos rojos del humor y de las horas, ingreso paulatino en un mundo - Maga que era la torpeza y la confusión pero también helechos con la firma de la arena Klee, el circo Miró, los espejos de ceniza Vieira da Silva[iv], un mundo donde te movías como un caballo de ajedrez que se moviera como una torre que se moviera como un alfil. Y entonces en esos días íbamos a los cine-clubs a ver películas mudas, porque yo con mi cultura, no es cierto, y vos pobrecita no entendías absolutamente nada de esa estridencia amarilla convulsa previa a tu nacimiento, esa emulsión estriada donde corrían los muertos; pero de repente pasaba por ahí Harold Lloyd y entonces te sacudías el agua del sueño y al final te convencías de que todo había estado muy bien, y que Pabst y que Fritz Lang. Me hartabas un poco con tu manía de perfección, con tus zapatos rotos, con tu negativa a aceptar lo aceptable. Comíamos hamburgers en el Carrefour de l'Odeon, y nos íbamos en bicicleta a Montparnasse, a cualquier hotel a cualquier almohada. Pero otras veces seguíamos hasta la Porte d'Orleans, conocíamos cada vez mejor la zona de terrenos baldíos que hay más allá del Boulevard Jourdan, donde a veces a medianoche se reunían los del club de la Serpiente pare hablar con un vidente ciego, paradoja estimulante. Dejábamos las bicicletas en la calle y nos internábamos de a poco, parándonos a mirar el cielo porque esa es una de las pocas zonas de París donde el cielo vale más que la sierra. Sentados en un montón de basuras fumábamos un rato, y la Maga me acariciaba el pelo o canturreaba melodías ni siquiera inventadas, melopeyas absurdas cortadas por suspiros o recuerdos. Yo aprovechaba para pensar en cosas inútiles, método que había empezado a practicar años atrás en un hospital y que cada vez me parecía más fecundo y necesario. Con un enorme esfuerzo, reuniendo imágenes auxiliares, pensando en olores y caras, conseguía extraer de la nada un par de zapatos marrones que había usado en Olavarría en 1940. Tenían tacos de goma, suelas muy fines, y cuando llovía me entraba el agua hasta el alma. Con ese par de zapatos en la mano del recuerdo, el resto venía solo: la cara de doña Manuela, por ejemplo, o el poeta Ernesto Morroni. Pero los rechazaba porque el juego consistía en recobrar tan solo lo insignificante, lo inostentoso, lo perecido. Temblando de no ser capaz de acordarme, atacado por la polilla que propone la prórroga, imbécil a fuerza de besar el tiempo, terminaba por ver al lado de los zapatos una latita de Té Sol que mi madre me había dado en Buenos Aires. Y la cucharita pare el té, cuchara-ratonera donde las lauchitas negras se quemaban vivas en la taza de agua lanzando burbujas chirriantes. Convencido de que el recuerdo lo guarda todo y no solamente a las Albertinas y a las grandes efemérides del corazón y los rincones, me obstinaba en reconstruir el contenido de mi mesa de trabajo en Floresta, la cara de una muchacha irrecordable llamada Gekrepten, la cantidad de plumas cucharita que había en mi caja de útiles de quinto grado, y acababa temblando de tal manera y desesperándome (porque nunca he podido acordarme de esas plumas cucharita, sé que estaban en la caja de útiles, en un compartimiento especial, pero no me acuerdo de cuántas eran ni puedo precisar el momento justo en que debieron ser dos o seis), hasta que la Maga, besándome y echándome en la cara el humo del cigarrillo y su aliento caliente, me recobraba y nos reíamos, empezábamos a andar de nuevo entre los montones de basura en busca de los del club. Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo, razón de los matadores de brújulas. Con la Maga hablábamos de patafísica hasta cansarnos, porque a ella también le ocurría (y nuestro encuentro era eso, y tantas cosas oscuras como el fósforo) caer de continuo en las excepciones, verse metida en casillas que no eran las de la gente, y esto sin despreciar a nadie, sin creernos Maldorores en liquidación ni Melmoths privilegiadamente errantes. No me parece que la luciérnaga extraiga mayor suficiencia del hecho incontrovertible de que es una de las maravillas más fenomenales de este circo, y sin embargo baste suponerle una conciencia para comprender que cada vez que se le encandila la barriguita el bicho de luz debe sentir como una cosquilla de privilegio. De la misma manera a la Maga le encantaban los líos inverosímiles en que andaba metida siempre por causa del fracaso de las leyes en su vida. Era de las que rompen los puentes con solo cruzarlos, o se acuerdan llorando a gritos de haber visto en una vitrina el décimo de lotería que acaba de ganar cinco millones. Por mi parte ya me había acostumbrado a que me pasaran cosas modestamente excepcionales, y no encontraba demasiado horrible que al entrar en un cuarto a oscuras para recoger un álbum de discos, sintiera bullir en la palma de la mano el cuerpo vivo de un ciempiés gigante que había elegido dormir en el lomo del álbum. Eso, y encontrar grandes pelusas grises o verdes dentro de un paquete de cigarrillos, u oír el silbato de una locomotora exactamente en el momento y el tono necesarios pare incorporarse ex oficio a un pasaje de una sinfonía de Ludwig Van, o entrar a una pissottière de la rue de Medicis y ver a un hombre que orinaba aplicadamente hasta el momento en que, apartándose de su comportamiento, giraba hacia mí y me mostraba, sosteniéndolo en la palma de la mano como un objeto litúrgico y precioso, un miembro de dimensiones y colores increíbles, y en el mismo instante darme cuenta de que ese hombre era exactamente igual a otro (aunque no era el otro) que veinticuatro horas antes, en la Salle de Géographie, había disertado sobre tótems y tabúes, y había mostrado público, sosteniéndolos preciosamente en la palma de la mano, bastoncillos de marfil, plumas de pájaro lira, monedas rituales, fósiles mágicos, estrellas de mar, pescados secos, fotografías de concubinas reales, ofrendas de cazadores, enormes escarabajos embalsamados que hacían temblar de asustada delicia a las infaltables señoras. En fin, no es fácil hablar de la Maga que a esta hora anda seguramente por Belleville o Pantin, mirando aplicadamente el suelo hasta encontrar un pedazo de género rojo. Si no lo encuentra seguirá así toda la noche, revolverá en los tachos de basura, los ojos vidriosos, convencida de que algo horrible le va a ocurrir si no encuentra esa prenda de rescate, la señal del perdón o del aplazamiento. Sé lo que es eso porque también obedezco a esas señales, también hay veces en que me toca encontrar trapo rojo. Desde la infancia apenas se me cae algo al suelo tengo que levantarlo, sea lo que sea, porque si no lo hago va a ocurrir una desgracia, no a mí sino a alguien a quien amo y cuyo nombre empieza con la inicial del objeto caído. Lo peor es que nada puede contenerme cuando algo se me cae al suelo, ni tampoco vale que lo levante otro porque el maleficio obraría igual. He pasado muchas veces por loco a causa de esto y la verdad es que estoy loco cuando lo hago, cuando me precipito a juntar un lápiz o un trocito de papel que se me han ido de la mano, como la noche del terrón de azúcar en el restaurante de la rue Scribe, un restaurante bacán con montones de gerentes, putas de zorros plateados y matrimonios bien organizados. Estábamos con Ronald y Etienne, y a mí se me cayó un terrón de azúcar que fue a parar abajo de una mesa bastante lejos de la nuestra. Lo primero que me llamó la atención fue la forma en que el terrón se había alejado, porque en general los terrones de azúcar se plantan apenas tocan el suelo por razones paralelepípedas evidentes. Pero este se conducía como si fuera una bola de naftalina, lo cual aumentó mi aprensión, y llegué a creer que realmente me lo habían arrancado de la mano. Ronald, que me conoce, miró hacia donde había ido a parar el terrón y se empezó a reír. Eso me dio todavía más miedo, mezclado con rabia. Un mozo se acercó pensando que se me había caído algo precioso, una Parker o una dentadura postiza, y en realidad lo único que hacía era molestarme, entonces sin pedir permiso me tiré al suelo y empecé a buscar el terrón entre los zapatos de la gente que estaba llena de curiosidad creyendo (y con razón) que se trataba de algo importante. En la mesa había una gorda pelirroja, otra menos gorda pero igualmente putona, y dos gerentes o algo así. Lo primero que hice fue darme cuenta de que el terrón no estaba a la vista y eso que lo había visto saltar hasta los zapatos (que se movían inquietos como gallinas). Para peor el piso tenía alfombra, y aunque estaba asquerosa de usada el terrón se había escondido entre los pelos y no podía encontrarlo. El mozo se tiró del otro lado de la mesa y ya éramos dos cuadrúpedos moviéndonos entre los zapatos-gallina que allá arriba empezaban a cacarear como locas. El mozo seguía convencido de la Parker o el Luis de oro, y cuando estábamos bien metidos debajo de la mesa, en una especie de gran intimidad y penumbra y él me preguntó y yo le dije, puso una cara que era como para pulverizarla con un fijador, pero yo no tenía ganas de reír, el miedo me hacía una doble llave en la boca del estómago y al final me dio una verdadera desesperación (el mozo se había levantado furioso) y empecé a agarrar los zapatos de las mujeres y a mirar si debajo del arco de la suela no estaría agazapado el azúcar, y las gallinas cacareaban, los gallos gerentes me picoteaban el lomo, oía las carcajadas de Ronald y de Etienne mientras me movía de una mesa a otra hasta encontrar el azúcar escondido detrás de una pata Segundo Imperio. Y todo el mundo enfurecido, hasta yo con el azúcar apretado en la palma de la mano y sintiendo como se mezclaba con el sudor de la piel, como asquerosamente se deshacía en una especie de venganza pegajosa, esa clase de episodios todos los días. ____________________________________________________________________________________ [i] Si alguien sabe que significa Félonesse le agradecería me lo dijese. [ii] Marrón. [iii] No sé si algo tendrá que ver el pintor con la expresión señalada, pero me parece que Cortázar no deja nada al azar... aunque parezca. [iv] La partida de ajedrez (1943), de María Elena Vieira da Silva (1908-1992)

lunes, 2 de enero de 2006

capitulo 73 (inicio) de rayuela

este no puede ser mejor comienzo, o sea, es esplendoroso, las palabras, la metáfora, la forma doliente de explicar eso que es inexplicable, el por que soy como soy y por que me es inevitable todo esto. la verdad podría subrayar todo el capitulo porque es entero una belleza, pero solo remarcare algunas partes que son la belleza de la belleza... la negrita resalta y remarca frases bellas y/o ciertas, la cursiva rescata una verdad que comparto y cuando estan las dos se multiplica esta marca porque simplemente la frase sola me arrebata. 73 Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinamos. Entonces es mejor pactar como los gatos y los musgos, trabar amistad inmediata con las porteras de roncas voces, con las criaturas pálidas y sufrientes que acechan en las ventanas jugando con una rama seca. Ardiendo así sin tregua, soportando la quemadura central que avanza como la madurez paulatina en el fruto, ser el pulso de una hoguera en esta maraña de piedra interminable, caminar por las noches de nuestra vida con la obediencia de la sangre en su circuito ciego. Cuántas veces me pregunto si esto no es más que escritura, en un tiempo en que corremos al engaño entre ecuaciones infalibles y máquinas de conformismos. Pero preguntarse si sabremos encontrar el otro lado de la costumbre o si más vale dejarse llevar por su alegre cibernética, ¿no será otra vez literatura? Rebelión, conformismo, angustia, alimentos terrestres, todas las dicotomías: el Yin y el Yang, la contemplación o la Tatigkeit, avena arrollada o perdices faisandées, Lascaux o Mathieu, qué hamaca de palabras, qué dialéctica de bolsillo con tormentas en piyama y cataclismos de living room. El solo hecho de interrogarse sobre la posible elección vicia y enturbia lo elegible. Que sí, que no, que en ésta está... Parecería que una elección no puede ser dialéctica, que su planteo la empobrece, es decir la falsea, es decir la transforma en otra cosa. Entre el Yin y el Yang, ¿cuántos eones? Del sí al no, ¿cuántos quizá? Todo es escritura, es decir fábula. ¿Pero de qué nos sirve la verdad que tranquiliza al propietario honesto? Nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo. Los valores, turas, la santidad, una tura, la sociedad, una tura, el amor, pura tura, la belleza, tura de turas. En uno de sus libros, Morelli habla del napolitano que se pasó años sentado a la puerta de su casa mirando un tornillo en el suelo. Por la noche lo juntaba y lo ponía debajo del colchón. El tornillo fue primero risa, tomada de pelo, irritación comunal, junta de vecinos, signo de violación de los deberes cívicos, finalmente encogimiento de hombros, la paz, el tornillo fue la paz, nadie podía pasar por la calle sin mirar de reojo el tornillo y sentir que era la paz. El tipo murió de un síncope, y el tornillo desapareció apenas acudieron los vecinos. Uno de ellos lo guarda, quizá lo saca en secreto y lo mira, vuelve a guardarlo y se va a la fábrica sintiendo algo que no comprende, una oscura reprobación. Sólo se calma cuando saca el tornillo y lo mira, se queda mirándolo hasta que oye pasos y tiene que guardarlo presuroso. Morelli pensaba que el tornillo debía ser otra cosa, un dios o algo así. Solución demasiado fácil. Quizá el error estuviera en aceptar que ese objeto era un tornillo por el hecho de que tenía la forma de un tornillo. Picasso toma un auto de juguete y lo convierte en el mentón de un cinocéfalo. A lo mejor el napolitano era un idiota pero también pudo ser el inventor de un mundo. Del tornillo a un ojo, de un ojo a una estrella... ¿Por qué entregarse a la Gran Costumbre? Se puede elegir la tura, la invención, es decir el tornillo o el auto de juguete. Así es cómo París nos destruye despacio, deliciosamente, triturándonos entre flores viejas y manteles de papel con manchas de vino, con su fuego sin color que corre al anochecer saliendo de los portales carcomidos. Nos arde un fuego inventado, una incandescente tura, un artilugio de la raza, una ciudad que es el Gran Tornillo, la horrible aguja con su ojo nocturno por donde corre el hilo del Sena, máquina de torturas como puntillas, agonía en una jaula atestada de golondrinas enfurecidas. Ardemos en nuestra obra, fabuloso honor mortal, alto desafío del fénix. Nadie nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette. Incurables, perfectamente incurables, elegimos por tura el Gran Tornillo, nos inclinamos sobre él, entramos en él, volvemos a inventarlo cada día, a cada mancha de vino en el mantel, a cada beso del moho en las madrugadas de la Cour de Rohan, inventamos nuestro incendio, ardemos de dentro afuera, quizá eso sea la elección, quizá las palabras envuelvan esto como la servilleta el pan y dentro esté la fragancia, la harina esponjándose, el sí sin el no, o el no sin el sí, el día sin Manes, sin Ormuz o Arimán, de una vez por todas y en paz y basta. (-1) este uno indica que de aqui saltamos al capitulo uno

compartir una pasion (para que este sitio no sea en vano)

Eso pues, que como me di cuenta de que "lo hecho, hecho está" intentaré darle un sentido o razon de ser a este espacio, algo asi como una utilidad. y como no me siento ni con animos ni con la capacidad de realizar algo que sea de utilidad para el resto, haré una especie de experimento (sí, caballero parece que se me estan pegando sus manías) la situación es ésta: siempre he sentido la necesidad de compartir mis emociones frente a una de mis pasiones: la lectura, específicamente Julio Cortázar. Actualmente me encuentro leyendo por segunda vez rayuela, (debo aclarar que la primera vez no lo terminé porque tuve que devolver el libro, esta vez es distinto porque el libro es mio y puedo demorarme lo que kiera y rayarlo a mi antojo... tb. tengo que explicar que la primera vez seguí el camino señalado por cortazar al comienzo del libro, esta vez parti así, pero a poco andar empecé a leerlo sucesivamente, porque soy una impaciente y quiero llegar pronto al punto en que lo dejé) Rayuela es la única novela de julio y a mi gusto es su obra catatónica (explico el por qué de esta palabra que no viene al caso) una catatonia es una manifestación de la esquizofrenia, viene acompañada de un gran éxtasis... y rayuela es eso, el éxtasis, es como si de pronto se hubiese revelado todo el Cortázar en sus múltiples ángulos como un poliedro infinito... como si de porrazo se te vinieran todos sus cuentos con sus trampas y sus juegos, y de golpe y sin necesidad de libros de intelectualidades y mayor cultura que tu instinto y el sentido de la emoción logras comprender esas grandes complejidades que él expone alternando la culture parisiens (o sea esa gran mezcolanza de arte y sabiduría que era para los latinoamericanos Francia en los años de picasso) con grandes nombres (pintores, musicos, escritores, filósofos, historiadores, mitología, etc.) a eso se le suma el gíglico, el invento, el juego, la reflexion de las cosas inútiles, más la familiaridad y el folcklore de su argentina natal. O sea todo un conjunto casi imposible de conjugar él lo une maravillosamente... por eso adoro a Cortázar. y por lo mismo y porque no soy capaz de explicar lo que siento cuando leo frases que me arrebatan o cuando termino un capitulo y me quedo como boba pensando en la nada, o cuando el romanticismo de la historia me invade y me dan ganas de sacar a Oliveira del libro y plantarle unas buenas bofetadas para ver si se deja de estupideces porque la maga es una mujer increible y no puedo creer que se kede asi de trankilo mientras la pierde... por todo eso lo único que haré es traspasar el capitulo con el que se comienza, el 73... y remarcar las frases o párrafos que me gustan más. Así de vez en cuando les ire presentando los capitulos para ver si me acompañan en esta lectura exquisita.

razones para no tener un blog

ultimamente me ha estado molestando la idea de crearme un blog público, ¡hay tanta gente que escribe sus tonteras publicamente! yo no he querido hacerme un blog por esa misma razón, porke kreo ke todo lo que pueda escribir no serían más que tonterías, cosas ke me pasan a mi nada más y ke no son de ninguna trascendencia ni importancia para nadie, el hecho es ke los blogs son justamente para eso, lo malo de mi es ke cuando se me planta una idea en la cabeza es difícil sacármela, yo tengo cierta vision sesgada de los bloggeros, porque creo que mucha gente (no toda pk hay algunos ke piensan que todo lo que yo digo o pienso es un absoluto) la utiliza para fanfarronear, para mostrar su grandeza, como si todo lo que hicieran o dijeran fuese de importancia... Y yo no kisiera verme de esa manera. Ahora lo que estoy haciendo es tratar de encontrarle el sentido a esto de los blog. Ya he conversado antes con un par de personillas, esta posibilidad, sobretodo el oscar, el niño blogadicto ke tiene alrededor de ocho si no son más y no es para nada un tipo desagradable o de los que kree ke se las sabe todas, el es él, pero tiene algo ke aportar a los demás, escribe poesía, eso sí es un aporte, eso sí me parece válido, eso sí es un buen uso del medio... pero colocar en un espacio público tus tristezas, tus dudas, tus problemas y tus profundidades mas oscuras así de rompe y raja como dicen las abuelas, me parece un poco indecoroso, la verdad no me molesta ke otros lo hagan, a veces es entretenido saber que en alguna parte existe alguien con tus mismos dolores, pero estoy pensando en mi caso, a mi me daría vergüenza, no me atrevería por que sería como estar desnuda en medio de la facultad... no estar desnuda en medio de un lugar extraño y donde la gente va y viene sin importarles nada, NO, estar desnuda en la escuela de periodismo, donde la mayoria te ubica y son unos cahuieneros de mierda... seria eso: estar expuesto a lo mejor y a lo peor... terrible, yo sé que cada vez que hablo de mí lanzo verdades inimaginadas, asi de la nada se me escapan, sobretodo cuando escribo... me es inevitable, por eso tanto miedo al blog, por eso tanta reticencia. Pienso que podría tratar de encauzarlo hacia alguna forma, un estilo o un tipo de escritos pero yo no puedo hacer eso, me cuesta yo mezclo todo, soy toda un desastre toda un caos, un yin mezclado con yang, un sí y no enseguida, soy toda pies en la cabeza y manos en la espalda y ojos en las tripas. asi soy no puedo evitarlo y estoy segura de ke en algun momento cuando este feliz con mi blog nuevo escribiendo quizas ke klase de estupideces ( porque seguro serán estupideces como esto de la cabeza en los pies y todo lo demas) y de pronto paf! se me sale una inseguridad una deep emotion algo oculto y que no kiero revelar... entonces me arrepentiré, lo sé, siempre me arrepiento, asi son las cosas, asi soy, no hay otra manera. pero parece que voy a tener ke hacerme a la idea, de hecho el mero pensamiento de lo que puede venir me indica que no será tan terrible, es decir será como todo, será como ampliar lo que siempre sucede... aunque mi miedo la verdad es otro... ¿esta amplificación de lo normal, de lo que siempre sucede no me traerá también una amplificación de problemas? es decir ¿no saldrán mis pocos amigos corriendo y huyendo de mi lado??? tengo ese presentimiento, cada vez ke en forma interpesonal o por medio de cartitas digo cosas, se me escapan esos pensamientos oscuros, las dudas y luego me arrepiento y Hay una persona involucrada, alguien que es partícipe y espectador al mismo tiempo de este como desdoblamiento de la paloma, ese alguien se asusta, se va, se cansa e incluso se enoja... es dificil lidiar con todo esto... si el blog fuera como estar siempre hablando con otros aumentaría las probabilidades de equivokarme, de dejar ver lo ke no kiero y por ende de que me abandonen. Pienso al contrario que oscar que este blog podría ser nocivo para una persona como yo, no una ayuda en la cual canalizar mis pensamientos y darle a los demas una oportunidad para ke me conozcan, y es que justamente a eso temo... a ke me conozcan en exceso, a ke konozcan lo ke ni sikiera yo conozco, ese es mi gigantesco miedo.

del por qué de este blog

Seré sincera y explicita, este puto blog no nace de mi intención, es más ni siquiera tiene aún mi completa aprobación, pero me veo obligada a llevar a cabo tan extraño y penoso procedimiento. Ocurre que mi buen amigo Oscar me ha pedido (obligado) a postear en uno de sus millones de blog que posee (exagero y ke!) esto no es ningun malestar para mi, puesto que siempre que puedo comento sus "post" pero resultó ser que el sitio en cuestión solo permitía comentarios de personas que ya poseían una cuenta de Blogger... o sea me cagó. Conociendo yo a mi amigo y conociendo él mis miedos y reticencias ante este medio, puedo afirmar que estos hechos no ocurrieron al azar, el ha planificado todo con dedicación, porque es un blogadicto y no soporta verme alejada de estas comunicaciones impersonales masivas. Yo se bien las razones que el tiene para defender estos sitios y para empujarme a realizar uno, pero debo decirle oscarín que no todos somos iguales y no se si su experimento resulte positivo para mi, que soy un alma sensible con una cabeza loca y de ánimo pendular. por todo ello mi proximo post será escrito inmediatamente, pues traspasaré un escrito en mi diario de vida (si tengo diario, no se rian) es un cuaderno azul de cuadro chico, con hojas de papel y que se escribe a mano con un lapiz de preferencia de pasta negro de marca bic, sí para horror de los internautas aún conservo la tradición del papel y lápiz. Aquella vez escribí sobre los aspectos que me impedian realizar esta operación con plena confianza, uno de ellos es desconocido para mi amigo, aunke he insinuado estos miedos, nunca habia caido en la cuenta de la principal razón de mi rechazo al blog. por eso y casi en respuesta a la sensatez de mi amigo de empujarme al río (sabiendo que no se nadar, y con la esperanza de que aprenda a fuerza de necesidad) es que publicaré esos motivos.